Escuchando recientemente el disco Pies Descalzos de Shakira, que quienes son contemporáneos míos habrán tenido una adolescencia muy marcada por sus letras, recordé las emociones que me causaba el pensar encontrar a esa persona que compartiría mis proyectos de vida, que, finalmente, es para lo que nos educan o un factor importante para poder determinar si alguie es exitoso o no.
Evidentemente no es una ideología que comparta hoy en día, pero era parte de nuestro desarrollo y crecimiento idealizar esas sensaciones y las experiencias que viviríamos en juntos.
Ayer conversando con una amiga me comentaba lo que se requería para que ella decidiera embarcarse en la aventura del amor, y nos descubrimos hablando de ello como si fuera un negocio. Considerando cuanto me aportara o no una persona, cuanto me podría demandar y cuanto podría re-tornarme esa situación.
Por la noche meditando, me sorprendió que las relaciones a los 30 parece que se vuelven algo más estratégico, y no es que haya perdido la magia, pero uno sí es más consiente de que las relaciones (sean amorosas, amistosas o sociales) no deberían venir a cargarnos de malos sentimientos o esfuerzos adicionales al día a día, que en un mundo como el que vivimos hoy ya sería todo un placer.
Las relaciones deberían ser espacios en los que el estrés no goce de ningún privilegio, que nos permitan ser simplemente nosotros mismos, sin caretas, sin mentiras y en el maduro espacio de la retro alimentación franca y fraterna de las personas que decidieron sembrar y cosechar emociones positivas entre ellos.


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